4/14/2012

El Ladrón de Palabras de Nathalie Minne


De noche, cuando la luna alumbra el camino, el ladrón de palabras sale con todo su equipo y se dirige a la ciudad. 
Allí, rastreando las voces y las luces, sin que nadie lo vea, trepa por los tejados. 
Comienza la cosecha...

Impulsadas por el calor de los hogares, las palabras se menzclan alegres. 
El ladronzuelo las atrapa en las turbulencias del humo que sale de las chimeneas. 

Lo que más le gusta son las historias que se cuentan a los niños. 
Mira cómo suben despacito y se desvanecen en el silencio de la noche. 

Y a veces, se queda dormido. 

Luego vuelve a su casa con las alforjas llenas, ansioso por ver su cosecha. 

En la cabaña, las palabras se ponen a juguetear y a cantar. Las hay de muchos tipos: saltarinas, tiernas, verdes, extranjeras, muy gordas y rojas de ira, y algunas tan largas que es imposible pronunciarlas...

Las palabras se esconden en los rincones, trepan a los muebles, se cuelgan de la lámpara, se suben por las paredes. Bailan la polca, la salsa, el chachachá y el vals de las mariposas...

La fiesta es todo un éxito, pero, poco a poco, el suelo se cubre de sílabas sueltas. 
Las palabras encierran tantos misterios... 

El ladrón de palabras, entonces, las clasifica y las mete en tarros de cristal. 

Luego prueba algunas recetas: 2 palabras dulces, 3 mojadas, 1 picante y 2 cálidas. Lo mezcla bien y lo lanza todo al aire. Y así, el azar trenza alformbras de alabanzas, teje bufandas de injurias, y tricota calcetines de explicaciones complicadas. 

Con un poco de práctica, aprende las cantidades adecuadas.
Consigue inventar historias y se las cuenta a los animales del bosque.
Estos lo escuchan muy atentos pero guardan silencio. 

Así que decide volver a la ciudad. 

Oculto por las sombras, observa a los habitantes iluminados por el resplandor de las lámparas y escucha las palabras que vibran a través de los cristales. 

Los niños usan las palabras para hacer reír a sus amigos; los mayores, para acariciar y hacer sonreír a los niños. 

Hasta que una noche pasa lo que tenía que pasar. 
Alguien le dice: 
-¡Buenas noches!

y ¡pum! ¡Catapum! ¡Pim, pam, pum! 
El ladrón de palabras se cae al suelo, volando en el aire con todos sus bártulos. 

Un niño sale enseguida a ayudarlo a recoger su red y sus palabras. 

Entonces, el ladrón de palabras le dice -gracias-. 
Lo pronuncia muy bajito porque es a primera vez que lo hace. 

A partir de entonces, quedan casi todas las noches. 
El ladronzuelo lleva nueces y el niño, caramelos. 
En la cabaña resuenan sus risas y sus historias. 

Juntos exploran los rincones más secretos del bosque y los mejores escondites de la ciudad. 

Un buen día, el ladronzuelo conoce a una niña. Y se queda mudo. 
Las palabras que con tanta paciencia ha ido atesorando ahora no le sirven. 

Necesita robar otras palabras... 

... palabras de amor

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