Anoche hablaba sobre África con un venezolano en Washington, antenoche sobre la vida con Rodrigo en Chile, hoy sobre la adopción y los niños recién nacidos con alguien en Israel. Mi vida en resumidas cuentas, es ser letras y códigos en una pantalla; sea de computadora, iPod, Blackberry o el dispositivo de su preferencia. Mi vida no puede ser lo que tecleo. En ese abrir y cerrar de ojos de la ciencia ficción, falta poco para cambiar la pose de el proceso -de sentada frente a la laptop a en huevo cibernético a lo Lady Gaga- ¿En verdad no lo creen posible? Faltará bastante, espero, pero ¿a quién culpo? Los 3 destinatarios son 'víctimas' de la disidencia que vive Venezuela, sin embargo, no esto no es una limitante para sostener conversaciones que deberían ser acompañadas por un café real.
Una vez leí, "La vida o se vive o se escribe" ¿entonces este vaivén de nombres de usuario y contraseñas es todo lo que me toca? ¿escribir y no vivir? Ahora apenas llegamos al mundo, aparecemos en Twitter, Facebook, Blackberry y en Blogspot. Nos meten ahí porque es normal. Es difícil estar 'extentos' de existir en las redes sociales, sobretodo si en un futuro estamos en contra. Sostengo la teoría (y como expliqué anteriormente aquí) que si me quitas el Blackberry por 1 mes entraré en una primera etapa de ansiedad terrible, consecuentemente la gente de mi alrededor entrará en un nivel de ansiedad similar. Después de ésta etapa, progresivamente olvidaré el uso del celular, o en su defecto, me acostumbraré a pedir prestado, usar ajenos etc... para finalmente ser olvidada. Borraré el Facebook, anonimizaré mi Twitter y hasta la República será olvidada. Debe de haber personas reales viviendo vidas reales y en búsqueda de conversaciones reales.
A pesar de que perfectamente entiendo el poder y la necesidad de dominar el lenguaje y uso de las redes sociales, en cuanto a lo profesional se refiere, perfectamente puedo afirmar que sin ellas también se puede ser feliz. La gente se ha olvidado de entonar la voz, marcar números desde un teléfono fijo, escribir una carta -o peor aún una postal- mirar a los ojos, revelar rollos, salir a pasear y vivir sin electricidad. Andamos con poca batería por la vida, buscando alguien que nos recargue, o bien que seamos compatibles como si de un programa se tratase. La confianza se mide en la cantidad de contraseñas ajenas que conocemos, de si permitimos que la otra persona se quede con nuestro celular, o el nivel de acceso a nuestro perfil de Facebook. Trancamos las llamadas a punta del botón rojo, borramos mensajes sin leer de personas que nos molestan, cambiamos un siete fonéticamente por un seis para evitar que nos llamen, tenemos correos para los que joden y correos personales, creamos un mundo entero sobre un mundo que estaba ya listo para nosotros y a veces no tenemos la voluntad de apagar el teléfono para abrir los ojos y ver a quien nos mira.



